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Enero 3, 2005

Como todos los demás

Hace no demasiados años era común escuchar a opinadores profesionales, tertulianos de mesa camilla y ciudadanos de la calle aquejados de un claro exceso de optimismo que España no era un país racista. En la mayor parte de los casos, el intrépido visionario que profería el tópico autocomplaciente comparaba nuestra situación con la de otros países como Francia o Alemania, queriendo dejar claro que en este país, donde tanto se llevan los hechos diferenciales, estábamos más cerca de la beatitud moral que nuestros vecinos del norte. Hoy, ya podemos echar a la basura este hecho diferencial, tan absurdo como tantos otros, y acogernos de nuevo en el seno maternal de Europa. Han bastado unos pocos años de contacto directo con la realidad de la inmigración para que el rechazo hacia los inmigrantes reflejado en las encuestas se multiplique por cuatro. Esto, en un momento económico bueno, con el paro controlado de aquella manera y con un porcentaje de población inmigrante por debajo de la de otros países de nuestro entorno. Quizás lo más divertido de todo este tema es ver a la misma gente que se afirmaba tolerante y nada racista dando la vuelta como un calcetín.
En realidad, todo el asunto era más que previsible. En un país tradicionalmente emigrante era fácil que la gente se mostrara dulce y generosa en las encuestas, lo sorprendente es lo poco que estamos tardando en ver negro donde antes veíamos blanco. Todas las encuestas son una generalización burda y soy poco amigo de apoyarme en ellas para opinar, en este caso lo hago con la experiencia que da vivir en un barrio de Madrid con un alto porcentaje de inmigrantes y ver cómo las actitudes cambian y los problemas surgen. No creo que exista un problema general de racismo en España, incluso en las zonas donde más fácil sería que este apareciera, pero los cimientos están puestos y son firmes. La inmigración, aparte de ser un fenómeno difícilmente evitable, tiene muchos aspectos positivos desde el punto de vista económico, cultural y social pero hay que ser consciente de que los beneficios que trae en épocas de bonanza se convierten rápidamente en conflictos cuando los tiempos se vuelven duros. No hay soluciones fáciles más allá de ser absolutamente claros en los mensajes, la inmigración es tan imparable como necesaria para seguir creciendo pero buena parte del trabajo para evitar conflictos futuros consiste en trabajar desde la escuela para facilitar la integración de los recién llegados. Las habituales actitudes que confunden respeto por lo ajeno con desprecio por lo propio no son el mejor camino para conseguirlo.

Escrito por Feyn Dem en: Enero 3, 2005 12:44 PM