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6 de Junio 2005

Voluntades

Buena parte de mi tarde de domingo, como la de tantos otros en España y en el “planeta tenis”, discurrió entre saques, reveses y globos; entre remates, primeros servicios y subidas a la red. Soy uno de esos aficionados que se conforman con ver, una vez al año, algunas horas de buen tenis en París... a través de una pantalla de televisión. Una de las razones por las que soy capaz de permanecer en el sillón durante varias horas, pendiente de los viajes de ida y vuelta de una maltratada pelota amarilla, es el magnífico ejemplo de voluntad y esfuerzo que supone este deporte. Toda competición deportiva requiere de una amplia capacidad de sufrimiento y de una fuerza mental a prueba de bombas, pensemos en el ciclismo, pero en pocos podemos ver, sobre una pista y durante larguísimos y agotadores choques, cómo dos voluntades y dos talentos se enfrentan sin más límite que un elegante reglamento y su propia capacidad de resistencia física y mental.
Para ser un gran campeón de tenis no basta con un extraordinario brazo, con una técnica depurada, es necesario, aún más que en otras disciplinas, una férrea capacidad de sacrifico y una mentalidad capaz de soportar los inevitables altibajos que todo partido conlleva. Así se explica que un hombre como Agassi siga permaneciendo entre la elite, a pesar de su edad, frente a chavales con un físico a años luz del suyo. No es sólo técnica, es la voluntad del que se sabe capaz de vencer, de sobreponerse a cualquier obstáculo gracias a su talento y su trabajo. Nadal es de estos jugadores, maduro a los 19 años, frío cuando es necesario, efervescente cuando la situación lo requiere, consciente de cada situación y dispuesto a enfrentarse a las dificultades sabiendo que sus límites los pone su voluntad. Y de eso anda sobrado.
El sábado, como muchos otros españoles, me refugié tras la voluntad de otros héroes, estos lejanos al deporte pero igual de fuertes y aún más merecedores de nuestro homenaje. Bajo la larga y revitalizadora sombra de quienes han sido víctimas del terrorismo y de quienes han resistido a los asesinos con valentía, aguanté las horas bajo el tórrido sol madrileño, para poder sumar mi modesta voluntad a la de los que han tenido que soportar y aún soportan cosas que agotan y desaniman más que la sed y el calor, mensajes hirientes de quienes deberían estar apoyándoles y prefieren hacer oídos sordos a sus mensajes, de quienes llaman escuchar a lo que no es más que mirar, petulantes, con la actitud de quien se cree poseedor de la verdad cuando esta no puede ser más simple ni estar más alejada de ellos. La verdad es que los asesinos no merecen estar entre nosotros, que no tenemos por qué soportarles, ni tratarles con educación. Quizás, si algún día piden perdón de rodillas a sus víctimas, tras haber cumplido sus justas condenas, podremos ser magnánimos y generosos y aceptarles en nuestra compañía, aunque sea siempre bajo la marca imborrable de quien creyó que la sangre paga réditos políticos. Y eso lo decidirán las víctimas, que son quienes merecen reparación por lo sufrido, si es que ciertas cosas pueden ser reparadas de algún modo. ¿Ha llegado ese día? ¿Estaban los etarras, arrepentidos, pidiendo perdón el sábado en Madrid y entregando sus armas, preparándose para entrar en prisión? Yo no les vi. Y no les vi porque estaban en Bilbao, rindiendo homenaje a uno de los suyos, a otro tirano, a otro carnicero, con el visto bueno o la indiferencia de los mismos que se dedican a insultar o ignorar a las víctimas. El sábado, la voluntad de gigante de quienes ya han perdido demasiado como para preocuparse por estrategias políticas y rumores de patio de colegio dirigió una mirada a su presidente de Gobierno, una mirada serena pero exigente y que no admite dilación en la respuesta ni palabrería hueca. La paz no tiene más precio que la justicia, cuando tengamos la una tendremos la otra.

Escrito por Feyn Dem en: 6 de Junio 2005 a las 06:36 PM