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15 de Junio 2005

Uno de cada tres

¿La noticia? Según un estudio, uno de cada tres científicos norteamericanos han falseado en alguna ocasión datos de sus estudios en mayor o menor medida. Noticia, claro está, para quien viva en esa lejana galaxia en la que los científicos no son seres humanos. Uno de cada tres científicos falsean sus datos (ya decían que Mendel apartaba con disimulo los guisantes que le salían rana), uno de cada tres aspirantes a un puesto de trabajo mienten en la entrevista, uno de cada tres testigos en un juicio no dicen la verdad en la sala de justicia, uno de cada tres días cuando, al levantarme, digo buenos días, miento. Incluso admitiría que, en alguno de los casos anteriores, sospecho que estamos más en el “dos de cada tres” que en el “uno de cada tres”.
Alguna luminaria habrá descubierto hoy que los científicos son personas y no espíritus benéficos venidos de otra dimensión más honesta, más justa, más hermosa. Ya nos gustaría. Pero, ¿cómo es que la ciencia avanza teniendo en cuenta que es un nido de mentirosos compulsivos? ¿Qué podemos hacer para convertir a los investigadores en seres incapaces de mentir? ¿Les conectaremos a máquinas de la verdad las 24 horas del día? Ni mucho menos. Para las almas atormentadas por la duda: la ciencia no funciona gracias a una misteriosa epidemia de honestidad que afectaba a la gente que viste con bata blanca y que ahora estamos perdiendo. Lo hace gracias a la competencia, al principio de que ninguna afirmación es una verdad incontrovertible, que nada está escrito en piedra, que lo que aceptamos como la mejor aproximación a la realidad hoy, no tiene por qué serlo mañana. Funciona gracias a que es casi tan prestigioso crear una teoría nueva, como derribar una antigua (de hecho, son cosas que suelen ir de la mano), a que, cada día, decenas de personas se afanan en acercarse a la verdad por distintos caminos, e intentan llegar antes que el otro. La ciencia avanza, sí, gracias a la ambición de los científicos, ambición por la verdad pero también ambición por el prestigio y el dinero. Si importa poco que uno de cada tres científicos mienta un poco o mienta mucho es porque siempre habrá otro que se dé el gusto de labrarse cierto prestigio iluminando esas mentiras. ¿La mejor manera de que esas mentiras no impidan el progreso de la ciencia? Nada más sencillo, déjenla libre.

Escrito por Feyn Dem en: 15 de Junio 2005 a las 07:30 PM