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22 de Junio 2005

El libro, fijo

Ha vuelto a afirmar la ministra Calvo que los libros no han de ser un simple producto mercantil y que se les podría aplicar una política de precios fijos. Como no aclara la ministra las acciones exactas que llevarían a esos precios fijos, a qué productos afectarían o cómo se aplicarían, no comentaré la inexistente medida gubernamental y me limitaré a rechazar el principio que la sustenta.
El mercado libre es, como cualquiera puede comprobar paseando por nuestras calles, una garantía de que el consumidor recibirá lo que reclama en las mejores condiciones y al mejor precio posible. Una economía intervenida y con precios fijados por el Estado es una garantía de miseria, atraso y desabastecimiento (vean el mercado casi cautivo de la energía en España para tener un buen ejemplo). El argumento que suelen esgrimir los socialistas frente a la economía de libre mercado es que esta deja fuera a quienes no pueden afrontar el precio libremente establecido. Esto es cierto, la gente gasta su dinero en función de sus preferencias y seguro que algunos bienes de consumo quedarán fuera de las posibilidades económicas de mucha gente que habrá preferido invertir su capital en otros productos que necesitaba más. El simple hecho de querer algo no da derecho a tenerlo, cada uno debe ser libre de establecer sus criterios de gasto según sus preferencias. Pero el argumento continúa. Pretenden los socialistas crear toda una serie de bienes que deben estar por encima del mercado, y regulados por el Estado, para que todo el mundo tenga acceso a ellos debido a su carácter “especial”. Por supuesto, esta lista crece sin parar y va desde la educación a la sanidad, pasando por la vivienda y llegando a cosas como los libros. La aportación estatal a cada uno de estos apartados es más que discutible, prácticamente invalida el argumento por la vía del ejemplo práctico, pero, en el caso de los libros, el argumento es sencillamente insostenible porque ese bien en concreto no está fuera del alcance de nadie en nuestra sociedad. Gracias al libre mercado las principales obras literarias, filosóficas, científicas o políticas que ha parido el ser humano están al alcance de cualquiera por un precio ridículo. Cualquier ciudadano medio de este país se gasta más en cervezas o en gasolina en viajes a la playa que en libros al cabo del año. No es, por tanto, un problema de que el mercado libre deje fuera a ciudadanos ansiosos por culturizarse, se trata de que la gente prefiere gastarse su dinero en otras cosas. ¿Es eso criticable? No desde mi punto de vista, aunque estoy seguro de que Carmen Calvo estaría bien dispuesta a crear listados de absentistas culturales y a colgarlas de las paredes de su ministerio si le diéramos la oportunidad. ¿Debemos deducir que una medida de este tipo no beneficiará, antes al contrario, a los lectores españoles? A los lectores seguro que no les beneficia pero a ciertos editores lo mismo no les parece tan mal.

Escrito por Feyn Dem en: 22 de Junio 2005 a las 06:41 PM