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8 de Diciembre 2005

Una de madrileños

Quizás lo primero sea disculparme por el ritmo (tenue, casi inapreciable) de actualización de esta bitácora en los últimos tiempos. Tengo dos buenas excusas. La primera es mi trabajo, que tiene periodos de este estilo en los que encender el ordenador en casa sería un acto insoportable de masoquismo. La segunda (y sin duda la mejor) es que hace poco más de una semana que soy tío de una preciosa, además de sanísima, niña a la que tengo que malcriar un poco, con el permiso de sus padres.
La niña, por cierto, es madrileña y quizás algún día vea celebrarse en su ciudad un evento como los Juegos Olímpicos. Ya dije en su momento que no sentía especial entusiasmo por el proyecto olímpico de Gallardón y no es que haya cambiado de parecer, ni siquiera cuando me he enterado de que los asesinos etarras se andan regodeando por ahí de haber colaborado a tumbar el proyecto con su bomba en La Peineta de este verano.
Es posible que esos animalillos reptantes y miserables pusieran su granito de arena para chafar el sueño de Gallardón, igual que el otro día provocaron los primeros atascos de este invierno que no podemos achacar a Don Alberto. Entiendo que se alegren de trastornar, aunque sea de esta forma leve y pasajera, la vida de los madrileños. Es mucho lo que, a lo largo de los años, hemos hecho los ciudadanos de Madrid (castellanos, catalanes, valencianos, vascos, andaluces y de tantos otros sitios) por amargar la vida y los proyectos de los cobardes de la capucha y sus amigos. Y más que haremos. Ellos sólo pueden molestarnos, incluso el peor de sus atentados no parará esta ciudad ni a los que en ella vivimos. Nosotros, en cambio, tenemos la capacidad y la voluntad de destruirlos, de enterrar sus sueños totalitarios. La diferencia entre ellos y nosotros es la que existe entre una ciudad habitada por hombres y mujeres libres frente a una tribu de esclavos fanáticos.

Escrito por Feyn Dem en: 8 de Diciembre 2005 a las 04:23 PM