Uno de los tópicos más absurdos que circulan por ahí sobre el liberalismo es que se trata de un sistema de ideas que pone una confianza ciega en los empresarios. Lo cierto es que en lo que confiamos los liberales es en la capacidad de los empresarios de crear riqueza en un sistema de libre mercado. En los empresarios, en realidad, confiamos lo mismo que en los demás, lo justito según el caso, y, precisamente por eso, hay pocas cosas que me lleven más cerca de una preocupada risa floja que escuchar a un empresario que actúa en un mercado cautivo hablando del negro futuro de su sector.
Así pues, cuando Alejandro Echevarría, presidente de Telecinco, afirma que peligra el futuro de la televisión porque en unos años podremos escoger entre 44 canales gratuitos en vez de estar limitados al cupo gubernamental actual, lo que debemos entender es que le preocupa que una apertura del mercado haga peligrar sus beneficios. Sí, es más que probable que aparezcan canales que luego tengan que cerrar por no ser rentables y es casi seguro que el margen de beneficio de canales asentados como Telecinco sufra cierto desgaste al distribuirse la audiencia y el dinero de la publicidad entre más actores. Bueno, señor Echevarría, bienvenido a la competencia, por mucho que no sea completamente libre. Los que trabajamos en sectores en los que el Estado no limita la competencia en función de criterios políticos le damos la bienvenida, aunque sea parcial, al club de los no privilegiados.